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Oratoria 1: Amor y miedo

Espectacles de Sensibilització Social i Solidaria

Oratoria 1: Amor y miedo

PRESENTANDO “Comunicar desde el Amor y no desde el miedo”.

EL ARTE DE HABLAR EN PÚBLICO DESDE EL CORAZÓN Y SIN PÁNICO ESCÉNICO

AMOR Y MIEDO

Los seres humanos a menudo convertimos un acto de amor tan grande como es el salir a un escenario a compartir aquello que de corazón queremos transmitir a los demás en un infierno personal aún mayor. Somos espantosamente hábiles en transformar una realidad tan simple y satisfactoria como la de tener la oportunidad de comunicarnos con muchas personas a la vez mediante un único discurso, con el ahorro de tiempo y energía que eso supone. Y, mágicamente, creamos con eso un vía crucis mental que comienza en el mismo momento en que nos planteamos siquiera la posibilidad de llevar a cabo tan agradable misión y muchas veces no termina ni cuando nos bajamos del escenario, sino que el sufrimiento se perpetua con el atormentado recordatorio posterior de lo mal que lo hicimos. Eso, siempre según nuestra propia opinión, claro está, que a menudo dista mucho de tener nada que ver con la realidad.

Porque eso es lo que hacemos: Transformamos mentalmente la realidad simple y única: UNA PERSONA HABLANDO A OTRAS, en un cúmulo de juicios, proyecciones, imaginaciones y pesadillas apocalípticas que, primero de todo, NO EXISTEN, segundo, NO SIRVEN PARA NADA, y tercero, NOS QUITAN TODAS LAS POSIBILIDADES DE HACER BIEN AQUELLO QUE YA SABEMOS HACER POR NATURALEZA.

Es bien sabido que no se puede estar en misa y repicando. De la misma manera entenderán que no se puede estar emitiendo un discurso y al mismo con la mente ocupada en los POSIBLES JUICIOS que pueda hacer el receptor de dicho discurso. Sobre esto, sobre las proyecciones sobre lo que piensa el receptor o receptores, déjenme decirles algunas cosas que espero les hagan reflexionar.

ES IMPOSIBLE ADIVINAR LO QUE PASA EN LA MENTE DEL OTRO. Eso sí, podemos jugar a adivinarlo, pero creo que mientras estamos hablando en público no es precisamente el mejor momento para hacerlo. Sería más inteligente esperar a que acabe la sesión para preguntárselo directamente si eso nos interesa en especial. Eso no quiere decir que los oyentes no puedan dar alguna señal que deberá usted leer, pero solo si ésta es obvia o es verbalizada en algún momento por alguien del público. Si todos se ríen y usted no sabe por qué, no suponga que lo está haciendo mal, primero mire su bragueta, no sea que le salga la punta de la corbata por allí. Descartada esta opción, después pregunte sin miedo, con una sonrisa y afán de participación, si se ha perdido algo. Y si alguien levanta la mano y se dirige a usted, no presuponga que le va a decir lo cansado que está de los malos oradores. Escúchele, tómese un respiro para contestarle y siga adelante.

NO HAY UNA CONSPIRACIÓN DE OYENTES CONTRA USTED. Por lo menos, en el noventa y nueve coma nueve con período de las ocasiones en que hable en público. Siento desilusionarle, pero, normalmente, lo que suele pasar es que… ¡Oh, milagro!: La gente ha visto un cartel, o se ha enterado de la charla por un amigo, o por una red social, o por un e-mail, etc. Y ESTÁ ALLÍ PORQUE LE INTERESA AQUELLO QUE TIENE USTED QUE DECIR. Con lo cual ya tiene lo que los profesionales llamamos “público interesado”. Después están sus amigos y familiares, que también han venido a verle, que le juzgarán, si lo hacen, con muy buenos ojos y con ese orgullo en la mirada que viene a decir a los demás: “Es amigo mío”. A eso lo llamamos “buen público”.

¿Qué problema hay? Me refiero a un problema “real”…

POR MÁS QUE SE ESFUERCE, NO PUEDE CAMBIAR LOS JUICIOS DE LOS DEMÁS, SI LOS HAY. Y eso nos lleva a una pregunta fundamental, que debería usted hacerse a sí mismo antes de subir a la tarima a hablar de su libro: ¿Qué quiero hacer, comunicar mi mensaje o convencer a toda esta gente de que soy un gran orador? La primera opción se resuelve abriendo la boca, tomando aire y soltándolo mientras realiza determinados movimientos involuntarios con las cuerdas vocales, los labios, la lengua y la dentadura. La segunda es una pérdida de tiempo y de energía; si yo entro en la sala y me siento en el patio de butacas pensando que es usted un cernícalo, por más que me recite el Quijote bailando encima de un pie y vestido de lagarterana, probablemente me levantaré pensando lo mismo.

¿Y eso qué importancia tiene? La que usted quiera darle, evidentemente.

LOS JUICIOS DE LOS DEMÁS NO PUEDEN CAMBIARLE A USTED, A NO SER QUE USTED QUIERA. En el improbable caso de que leyera usted la mente del público (si es así, por favor, escríbame, necesito un asesor para mi próximo libro), lo que vería allí no tiene ningún sobre poder sobre usted, a no ser que le entregue ese poder y decida depender de esa opinión externa para autovalorarse. Si escoge esta opción, antes tiene que saber algo muy importante. Siga leyendo.

LOS JUICIOS QUE USTED VE, TAN SOLO CREE VERLOS, NO SON REALES. Lo que usted interpreta en su porfiada intención de adivinar la mente del otro son solo suposiciones, imposibles de corroborar durante el discurso. No obstante, si eso le preocupa tanto, pásele al público una hoja de opiniones y sugerencias una vez terminada la sesión. Se sorprenderá de lo que lea, y probablemente anulará la cita del miércoles con su psicoanalista. No me lo agradezca. Y no piense en lo que opinará de usted su psicoanalista cuando suspenda la sesión. Le he pillado, ¿eh?

LOS DEMÁS TIENEN LA LIBERTAD DE TENER SU OPINIÓN SOBRE SU DISCURSO. Y está muy feo que usted invada su mente intentando adivinarla, modificarla, condicionarla o cambiarla. Además de ser una tarea inútil, eso ya lo hemos dicho, es una falta de respeto hacia usted mismo y hacia los demás. Mientras usted se dedica a intentar lucir mejor de cara a la galería, su energía se disipa y su discurso se resiente, por tanto, me atrevería a decir, y no se lo tome a mal, que:

ESTÁ USTED ENGAÑANDO A LA GENTE QUE VINO A VERLE. Sí, como lo oye. A no ser que usted, o el organizador de la charla, pusiera en la propaganda “Fulanito de Tal (usted) va salir al escenario y, con su sola mirada y la intuición que Dios le dio, adivinará todas las críticas y juicios negativos que usted (el público) tenga a bien pensar sobre él (Fulanito)”. Los está engañando, puesto que no está usted dedicado únicamente y con todas sus fuerzas a aquello por lo que se montó el evento: Comunicar desde el amor, la generosidad, la humildad y el conocimiento del tema a tratar.

Y por último, la gran pregunta:

¿EN QUÉ SE ENFOCA USTED A LA HORA DE COMUNICAR: EN EL DESARROLLO DE LA SESIÓN O EN SUS RESULTADOS?

Déjeme decirle algo, aunque le duela: LOS RESULTADOS NO DEPENDEN DE USTED. Sí, ya sé que su ego cree que usted puede hacerlo todo solo, pero eso no es cierto; como muy bien dice Un Curso de Milagros, ESE ES EL MAYOR ERROR DEL EGO. Además, los resultados no pueden ser medidos, ni comprobados, ni puede usted tomarse un cortado con ellos en el bar de la esquina. Nunca me he encontrado ningún resultado sentado en la barra, preocupado por no haber ofrecido lo mejor de sí mismo. Son una entelequia. ¡No existen! Son diferentes para cada una de las mentes que han asistido a una determinada charla. Para unos habrán sido óptimos, para otros pésimos, otros no se habrán enterado de la misa la mitad, otros habrán dormido placenteramente escondidos en la última fila y para otros habrá sido un rato diferente, agradable, interesante… Pero aunque no fuera así, créame, LA MEJOR MANERA DE ATRAER UN MAL RESULTADO ES PREOCUPARSE POR ÉL.

Además; ¿Dónde está la vara de medir resultados? ¿Cómo sabe usted que no necesita impartir cien charlas malas para convertirse en un buen orador? ¿Y cuándo lo sea, seguirá considerándolas malas, o las dará por buenas como parte del precio pagado por convertirse en lo que es ahora? Los resultados forman parte del Plan Infinito que el Universo tiene para nosotros, siempre desconocido. Lo mejor que puede hacer con los resultados, créame, es entregarlos a Quien sabe, llámese como quiera que se llame en su creencia particular. Entregue los resultados justo antes de comenzar a hablar, mejor aún, hágalo en el camerino, antes de salir a escena. Inspire profundamente y dígale al Universo: “Hágase tu voluntad y no la mía”. Y libérese de los resultados. Yo lo hago y me funciona. Y usted podría opinar, igual que lo hace mi ego cuando lo escucho, que siendo un profesional de la materia podría ahorrarme la entrega. Pero mire, ¿Sabe qué? Así voy más ligero, solo llevo el micro de madonna y mi Amor por el auditorio, que no es poco.

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Xavi

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