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Un Curso de Milagros Fácil: La Salida de Egipto

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Un Curso de Milagros Fácil: La Salida de Egipto

Somos el pueblo elegido. No somos conscientes de ello porque vivimos en un mundo de pobreza, de trabajo duro, de servilismo, de rutina, sin saber muy bien por qué vivimos así. Un mundo lleno de ídolos que toman infinitas caras, y creemos que estos nos pueden proteger, no sabemos muy bien de qué. Creemos ser libres, capaces de escoger nuestro destino, pero vemos con sorpresa que nuestros salarios menguan, porque alguien inventó algo llamado inflación que nos empobrece y nos obliga a pagar mucho más por cualquier cosa que queramos adquirir. A esto lo llamamos vida. Buscamos la seguridad en nuestros hogares para protegernos, no se sabe bien de qué mal externo. Nos reunimos con personas en las que creemos que podemos confiar, pero estas tienen tanto miedo como nosotros, y fundamos nuestra amistad en un gran miedo a la soledad. Uniones que suman carencias, basadas en supuestos «si yo estoy contigo, tú debes estar conmigo»; uniones de pactos tácitos, que luego no se cumplen, y vivimos traiciones que no acabamos de comprender. Un mundo de locos, donde muchos se mueren de hambre, mientras otros hacen dietas para adelgazar; un mundo desequilibrado, gris, reiterativo. Un mundo de esclavitud, en el que se nos conceden momentos de aparente felicidad, para que de esta manera sigamos siendo esclavos de un sistema gobernado por un faraón que no vemos, pero cuya presencia intuimos.

Pasan los años y nos sentimos orgullosos porque nuestro mundo es mucho más cómodo que hace unos siglos. No vemos que la tecnología, que nos distrae y nos hace aparentemente más felices, nos ha esclavizado aún más. Ahora el faraón puede controlarnos con mayor facilidad; nos da «caramelos» para que pensemos que todo es más dulce, nos promete más libertad… Y yo pregunto: ¿qué libertad? La de escoger entre este u otro modelo de móvil, de coche, de zapatos, de ropa. Lo importante es que el faraón nos mantiene en un estado de insatisfacción permanente. Cuanto más tenemos, más necesitamos; nuestras relaciones aún no han empezado, cuando ya están terminando; el compromiso brilla por su ausencia. Nos refugiamos en las drogas, en el sexo; buscamos un disfrute que siempre resulta efímero y nos empuja a otro.

Mientras tanto, el faraón nos observa y se alimenta; se engrandece con nuestras idas y venidas, con nuestras necesidades. Somos como niños pequeños que buscan el siguiente juguete para sentirse felices. Pagamos cada día más por menos; nuestra libertad es aparente. Si no podemos salir de casa, nos refugiamos en el televisor, que ofrece sueños de toda clase y deja nuestros cerebros planos. Ya no pensamos o, mejor dicho, se nos hace pensar lo que el faraón quiere. El faraón nos habla de enfermedad, de crisis, de producción, de estado de bienestar, de sacrificios, de sufrimientos, de esfuerzos, de inversión, de ahorro. Nos piden que confiemos en aquellos que tantas veces nos han empobrecido, que han especulado con nuestro dinero, con nuestra salud, en definitiva, con nuestras vidas. Enfermamos porque no encontramos salida a toda esta vorágine de sinsentido y demencia. Somos una pandilla de inconscientes que creemos tener la libertad de escoger en lo que solamente es un sueño. La ansiedad y la depresión son la manifestación mental de encontrarse en un callejón sin salida.

Para salir de todo esto, lo primero que debemos hacer es cambiar la percepción, la dirección en la que buscamos a los responsables. Nuestra mirada debe dirigirse a nosotros mismos, pues somos los únicos responsables, aunque no culpables. ¿Qué debemos hacer? ¿Luchar? Eso es precisamente lo que no hay que hacer, la lucha contra algo lo refuerza y le da vida.   Nuestra mente debe entrar en la inocencia, porque la invulnerabilidad radica en la mente inocente. Hay que empezar a caminar por un sendero, por un desierto que nos lleve a la tierra prometida. ¡Vamos! Hay que entrenar la mente, disciplinarla para que haga algo a lo que no está acostumbrada. Una mente libre de juicios, una mente que sabe que nunca para y que no deja de fabricar nuestras vidas. Una mente que domina la empatía, que sabe cómo unirse a los demás, una mente dispuesta a no escuchar más la voz del faraón y a empezar a oír la Voz del Espíritu Santo. Esta Voz que no ordena, porque no es arrogante; es como un susurro que nos alienta a despertar, nos invita a salir del ciclo de la creencia en el sufrimiento, en la enfermedad, en los problemas, en las injusticias.

Durante esta travesía por el desierto, dudaremos si hemos hecho bien en abandonar las garras del faraón; pensaremos que hemos cometido un error, que nos estamos perdiendo. Pasaremos «penalidades», pero son estrictamente mentales. Nuestras neuronas empezarán a desencajarse físicamente, a cambiar de conexiones. Estamos cambiando de percepción, y ellas deben refrendar estos cambios en los cerebros. No dormiremos bien, tendremos pesadillas, nos cuestionaremos a nosotros mismos. Pero debemos estar tranquilos, puesto que recibiremos el maná de las directrices del Espíritu Santo. Él nos alimentará con Su Voz, con su luz, con sincronías. No lo veremos, pero sabremos que siempre está ahí con nosotros. Lo observamos reflejado en todo lo que nos rodea; no podemos oír su Voz literalmente, porque todavía no estamos del todo despiertos.

En este espacio-tiempo que UCDM llama «la transición», cada uno de nosotros irá a su paso. Pero, antes de entrar en pleno desierto, tendremos que atravesar las aguas del Nilo. Este inmenso río representa el caudal de nuestras emociones. Tenemos que aprender a dominarlas. Solo cuando estemos listos, sus aguas se abrirán y nos darán paso libre. No habrá vuelta atrás, es un camino sin retorno. El desierto pondrá a cada uno en su sitio, le permitirá experimentarse a sí mismo y abandonar los viejos juicios, mantener la calma frente a las adversidades, confiar en que la Fuente proveerá lo que necesitemos. Algunos dudarán y volverán a elevar los viejos ídolos. Pero ya no hay vuelta atrás, pronto comprenderán que el dolor y el sacrificio son ofrendas demasiados duras por las que se reciben pocos beneficios. Reemprenderán su camino hacia la tierra prometida; allí les esperan agua fresca y dulce miel.   En el camino, todos aprendemos que no somos los elegidos, sino los que se eligen a sí mismos. Aprendemos a trascender lo que antes nos maniataba y nos enfermaba.

(Texto extraído de «Curación a través de Un Curso de Milagros», de Enric Corbera, adapatado por Xavi Demelo)

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Xavi