“La realidad es invisible, y cualquier cosa que pueda ser percibida u observada de cualquier modo, incluso medida científicamente, es una ilusión, justo lo opuesto de lo que el mundo piensa”

Gary R. Renard

Una de las cosas que debemos aprender es a percibir. Debemos liberar nuestra percepción de la dualidad, no caer en la trampa de creer que hay cosas buenas y cosas malas. Lo que más necesitamos es sanar nuestra percepción, pues ésta determina el mundo, nuestro mundo. Cuando dejamos nuestra percepción en manos del ego, vemos carencia y necesidad (por tanto, insatisfacción), y esta percepción “fabrica” nuestro mundo: un mundo de separación, de necesidad, de carencia. Cuando ponemos la percepción en manos del Espíritu Santo, “creamos”, sabemos que formamos parte de aquello que percibimos y que nuestra percepción puede liberar lo percibido. Por eso Un Curso de Milagros te dice: “Tu percepción debe de ser corregida antes de que puedas saber nada”.

Debemos ir más allá de nuestros sentidos, de nuestros aparatos perceptores, incluso más allá de nuestras creencias, pues éstas limitan e hipotecan la percepción del mundo. Percibes porque tienes un instrumento perceptor: el cuerpo. La percepción te separa. Cuando la mente elige estar separada, elige percibir. “La capacidad de percibir hizo que el cuerpo fuese posible, ya que tienes que percibir algo y percibirlo con algo”, dice UCDM. La percepción entraña juicio; no puedo percibir la dualidad sin hacer un juicio: bien/mal, bajo/alto, negro/blanco. Formulo un juicio de valor, y mi mente crea los niveles que están en función de mis juicios, que van desde lo óptimo hasta lo pésimo, pasando por diferentes grados. La percepción alimenta la dualidad. Para que ésta se manifieste en mi vida, tengo que creer que es posible no tener nada, carecer, y que, para sobrevivir, es necesario obtener.

UCDM nos enseña que el mundo es la pantalla en la cual proyectamos nuestras fantasías, nuestros fútiles intentos de cambiar lo real. Esto nos convierte en seres temibles, porque creemos que nuestras fantasías deben cumplirse aún a costa de ir en contra de las fantasías de los demás. Disfrazamos esas fantasías con todo tipo de justificaciones acerca de cómo deberían ser las cosas para asegurar el buen funcionamiento del mundo. Entonces el mundo se polariza más y, cuanto más queremos cambiar algo, más lo reforzamos. Queremos sustituir nuestra realidad por otra y esto refuerza aún más la separación.

Para alcanzar la percepción inocente, se requiere, de manera imprescindible, NO hacer juicios. Seguimos percibiendo, pero nuestra percepción está en manos del Espíritu Santo. Él nos enseña a percibir con una mente libre de juicios. Entonces nuestra mente se libera y empieza a crear, en lugar de fabricar. Como estamos hechos a imagen y semejanza de nuestro Creador, el poder de mi mente creadora es infinito. Si percibo separación, y eso no es real, mi mente fabrica el mundo de la ilusión. Si pongo mi mente en manos del Espíritu Santo, ésta crea tal como lo hace el mismo Dios. Es una mente que vive en el mundo de la percepción inocente.

Debemos darnos cuenta de que hay que corregir la mente dual y de que lo que llamamos realidad no es más que nuestra proyección de las creencias. Atraemos a nuestras vidas aquello de lo cual queremos alejarnos porque le tenemos miedo. El miedo alimenta el sueño de la separación y lo proyectamos hacia fuera. Al hacerlo, lo convertimos en los sucesos que se manifiestan en nuestras vidas, y los atribuimos a la mala suerte o al destino. Un Curso de Milagros nos dice:

“Una de las ilusiones de las que adoleces es la creencia de que los juicios que emites no tienen ningún efecto.” (T-3.VI. 2:7)

(Texto basado en “Curación a través de Un Curso de Milagros” de Enric Corbera, adaptado libremente por Xavi Demelo)

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